Martes 23/03/2010
Querido diario:
Aquella noche en vilo me sirvió para recapacitar sobre los hechos ocurridos y para analizar con calma la situación... Al fin, llegué a una conclusión por la cual Lola sabía lo de mi padre. En cuanto la viese, habría muchas cosas que me iba a tener que aclarar. No lograría salir de todas, así que la acabaría pillando. Ya me bastó con lo que dijo al salir de su fiesta, pero necesito más pruebas. Por la boca muere el pez. Y ella sola se delató. Ni se imaginaba lo que le iba a venir encima. De repente, sonó una melodía algo estridente, que me hizo regresar a la realidad desde mis pensamientos. Era el móvil de la madre de Naroa. Me asomé a la puerta de la habitación sigilosamente y puse la oreja al lado de ésta para escuchar mejor. «Hola. Sí , no molesta en absoluto. Se puede quedar todos los días que te vengan bien, hasta que su padre se ponga algo mejor... ». Intentaba recrear en mi mente lo que decía la otra persona que hablaba que, obviamente, no podía ser otra que mi madre. De repente, escuché cómo la madre de Naroa reprimía en sus ojos, entonces llorosos, la ganas de dejar una lágrima caer. Me temí lo peor, pero antes de ser precipitada, volví a pegar la oreja a la puerta. Alguien se acercó detrás mía y me susurró: «¿Qué haces, Laura?» «¡Shh!»- Mandé callar a Naroa, para seguir escuchando la conversación. «Sí... Vale, espero que esto no vaya a más... ¿Se lo digo a Laura? ¿No? Vale. Sí, creo que será mejor, sino puede que el poco ánimo que tiene en estos momentos decaiga hasta el fondo... Adiós, un beso. Y no llores, que todo saldrá bien, no te preocupes...» ¡Oh, oh...! Que no se preocupase ¿de qué? Sin poder evitarlo, mi mente se inundó de recuerdos que tengo desde que me alcanza la memoria, como un 'flashback' en una película: yo de niña montando en mi primer triciclo, mis padres cocinando conmigo una tarta de cumpleaños, una acampada en el bosque con mi padre... Recuerdos bonitos, imborrables. Lágrimas caían lentamente por mi blanca mejilla, dejando huella a su paso, hasta que llegaban a mi barbilla y, sin remediarlo, chocaban contra el suelo. Angustia. Miedo. Dolor. Todas esas y más sensaciones negativas eran las que me invadían en ese momento. Naroa se dio cuenta y me abrazó. Era un abrazo amistoso, compasivo, lleno de ternura. Sí, ella me quiere de verdad. Por eso es y será mi mejor amiga. Descifró, a través de mis lágrimas, lo que sucedía y comenzó también a llorar.
Su madre entonces se dio cuenta de que estábamos ya despiertas, y entró a la habitación. La había oído, y no podía hacer nada para disimular lo que mi madre le había contado. Así pues, me abrazó junto a Naroa e intentó calmarme, aunque no sirvió de mucho. Una vez dejé de llorar, no le quedó más remedio que contarme lo que pasaba. «Tu padre ha empeorado. La verdad es que no se sabe con certeza cuándo se mejorará ni el tiempo que le costará... Tu madre me ha contado que posiblemente lo sometan a una operación, puesto que ha sufrido graves fracturas en el interior de su cuerpo. También quiero que sepas otra cosa: no quiero desanimarte, ni mucho menos, pero eres mayor para asimilar estas cosas, a las que nadie se acostumbra nunca, y debes saberlo. Muchas personas en todo el mundo se someten a este tipo de operaciones cada año, y sólo un 15% de ellas sale ilesa, completamente curada aunque necesite bastante reposo. Un 5% queda inválida porque necesitan tocar la médula espinal y, a pesar de que consigan reponerles todos los huesos, les han tenido que quitar una parte de la médula para realizar el resto de la operación. El 80% restante... Muere». Esas últimas palabras se me quedaron grabadas y se repetían cien veces por segundo en mi cabeza... ¡¿Mi padre se iba a morir?! Angustiada, rompí a llorar de nuevo. No podía dar crédito a lo que había oído. Tenía ganas de vomitar, la cabeza me daba vueltas... y me desmayé.
Su madre entonces se dio cuenta de que estábamos ya despiertas, y entró a la habitación. La había oído, y no podía hacer nada para disimular lo que mi madre le había contado. Así pues, me abrazó junto a Naroa e intentó calmarme, aunque no sirvió de mucho. Una vez dejé de llorar, no le quedó más remedio que contarme lo que pasaba. «Tu padre ha empeorado. La verdad es que no se sabe con certeza cuándo se mejorará ni el tiempo que le costará... Tu madre me ha contado que posiblemente lo sometan a una operación, puesto que ha sufrido graves fracturas en el interior de su cuerpo. También quiero que sepas otra cosa: no quiero desanimarte, ni mucho menos, pero eres mayor para asimilar estas cosas, a las que nadie se acostumbra nunca, y debes saberlo. Muchas personas en todo el mundo se someten a este tipo de operaciones cada año, y sólo un 15% de ellas sale ilesa, completamente curada aunque necesite bastante reposo. Un 5% queda inválida porque necesitan tocar la médula espinal y, a pesar de que consigan reponerles todos los huesos, les han tenido que quitar una parte de la médula para realizar el resto de la operación. El 80% restante... Muere». Esas últimas palabras se me quedaron grabadas y se repetían cien veces por segundo en mi cabeza... ¡¿Mi padre se iba a morir?! Angustiada, rompí a llorar de nuevo. No podía dar crédito a lo que había oído. Tenía ganas de vomitar, la cabeza me daba vueltas... y me desmayé.
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