Lunes 22/03/2010
Querido diario:
Hoy ha habido colegio, sin embargo, estoy demasiado preocupada por lo sucedido y estos hechos me han traumatizado un poco... Pero como aún no está aclarado todo, continuaré desde donde lo dejé:
“Viernes 19, 23:30 horas.”
Nada... no había respuesta alguna cuando Naroa, Lucas y Mark llamaron desde mi móvil al de mi padre. Ya no se descolgaba solo, así que ellos tres me recomendaron llamar a mi madre para contarle lo sucedido. Y así hice. «¿Sí?»- Respondió mi madre, nerviosa y a punto de llorar. «Mamá, he llamado a papá porque tardaba mucho en venir a recogernos y... » No me dio tiempo a proseguir, mi madre estalló y rompió a llorar, desesperada. Por lo visto, ella ya se había enterado de la noticia. Y no era nada buena... Sorbiendo sus lágrimas e intentando no llorar mucho para que yo la entendiera al hablar, comenzó: «Tu padre... está en coma... lo han ingresado en la UCI porque un camión, que iba a ciento noventa kilómetros por hora, ha chocado contra él y lo ha arrojado al campo. Nadie conducía el camión...» Y comenzó de nuevo a llorar. No me lo pude creer. Por un momento estuve a punto de desmayarme, pero Lucas me sostuvo sobre sus brazos mientras recuperaba la conciencia y volvía al mundo real. No pude más. Rompí a llorar en medio de la calle, y los demás también lo hicieron. Una auténtica tragedia. Pero justo en ese momento salieron a dar una vuelta Lola y su pandilla y, al ver semejante espectáculo, se acercaron a preguntar. «¿Qué os pasa? Ni que se hubiera muerto alguien, chicos. A ver, aunque nunca podáis hacer una fiesta como la mía, no es motivo para ponerse así» Enfurecí, querría haber matado en ese momento a esa idiota metomentodo, pero lo único que hice fue abalanzarme sobre ella mientras mis amigos intentaban detenerme. «¿Acaso tu sabes lo que de verdad ocurre? ¿Qué, te crees la reina del mundo, verdad? Pues para que lo sepas, ¡no me llegas a la suela del zapato! Así que no te metas en mis asuntos personales, y vete un ratito a... ¡¡Por ahí!!»- No quería empezar con palabrotas. «Bueno, bueno... si es que... ¡cómo se ponen algunas, hija! Por un accidente así no pasa nad...» No terminó la palabra. Se mordió la lengua y en un susurro dijo para sí misma: «¡Mierda!». ¿Cómo se había enterado de lo de mi padre? No me dio tiempo a preguntarle nada, pues se fue corriendo y no tenía ganas en ese momento de salir a por nadie. Estaba pálida, como la nieve, y mis amigos también. Ellos hicieron mención de salir corriendo para pegarle, pero les detuve. No era momento. Ya lo pagaría tarde o temprano.Llegué a casa de Naroa (me tuve que quedar allí a dormir porque mi madre me obligó. Ella hizo noche con mi padre, y no quería que yo le viese en tan malas condiciones). Su madre me preparó un vaso de leche caliente, nos duchamos y nos fuimos a la cama. Pero no logré pegar ojo en toda la noche, pensando en mi padre... y en Lola, sobre todo en Lola. Las preguntas sobre lo que ella sabía me invadían, y yo no tenía respuesta a ninguna de ellas...
